Este año se cumplen veinte desde que murió Dalí. Este artista para muchos se ha convertido en un icono del misterio en cuanto a su arte y a su personalidad, es así, digno del desciframiento psicoanalítico más complicado.
Sus rasgos, su imagen y su personalidad, con el paso de los años, se volvió estrambótica: no aceptaba las reglas; quería ser el centro de atracción; sus estudios, ya sea por falta de atención o algún otro motivo, eran defectuosos; tenía aversión a la ortografía, pero que una vez vencida la siguió desdeñando y prefirió seguir escribiendo mal, a pesar de que sabía los puntos y comas de la sintaxis y la gramática. Era una forma de revelarse contra todo y demostrar una vez más su extraña y enfermiza personalidad.
Este rasgo tan característico de romper las reglas es algo que hoy por hoy me sigue fascinando por su controversia. Es curioso cómo nos rebelamos contra todo cambio. Nuestro orden de las cosas, nuestras prioridades, nuestros gustos y teorías sobre la misma belleza son inquebrantables, sobre todo en su principio, pues nos resistimos a tolerar al diferente, nos resistimos al cambio; sin embargo, sabemos de sobra que los artistas más destacados de casi todas las épocas son casi siempre aquellos que rompieron las reglas, los que postulaban su propio orden de cosas, sus cambios, los que no aceptaron el mundo como les fue presentado, y los que enjuiciaron cada mota de expresión humana.
Tal es el ejemplo que nos deja Dalí en una carta de octubre de 1927 donde sugiere a Lorca -según su juicio- que Juan Ramón Jiménez es un putrefacto, y que son los pintores los verdaderos depositarios de la poesía del alma. Y leemos: "(…) Este éxtasis ñoño, sentimental y antipoético (...) de Juan Ramón, jefe de los putrefactos españoles". "He recibido los dos últimos números de Verso y prosa; es espantoso el marasmo putrefacto (...) Qué roñoso sentimentalismo (...) Poéticamente soy el anti-Juan Ramón, que me parece evidentemente el jefe máximo de la putrefacción poética; es su putrefacción la peor de todas, ya que a su lado hasta el gran vulgar y puerco Rubén Darío, por su malísimo gusto, adquiere una cierta gracia sudamericana (...) Juan Ramón no ha visto nunca nada, sólo percibe de las cosas emociones roñosas (...) He releído Platero y yo, del que tenía buena idea; es un asco todo ese éxtasis emocional...". Como vemos, se desprende un verdadero sentimiento de crítica, que a unos hiere y a otros -quizás los menos- les deja indiferentes, lo importante no debería ser el quedarnos en estas juiciosas palabras de Dalí sobre estos poetas, compañeros suyos de generación y de luchas, sino extraer de ellas el verdadero sentir del artista. El artista que nunca está satisfecho, pues de su crítica insatisfecha nace el sentimiento de superación y, por tanto, la creatividad que nace de algo nuevo, el cambio.
A Pepín Bello, compañero de Dalí y Lorca en la residencia de estudiantes le importaba poco la lucha contra los «putrefactos». No combatía las convenciones: se reía de ellas. Combatir, debelar, luchar, ofender fueron verbos que tuvieron su hora de prestigio, pero ahora parecen una descortesía. No sé si es porque es imposible ganar las luchas o porque tenemos la mentalidad del confort en nuestros hogares, este "no molestar" en la puerta; el caso es que todos esos verbos sugieren algo espasmódico, animaloide y primitivo. El problema, al que quizá Bello le diera vueltas alguna vez, es que sin ellos: sin la lucha, sin la rotura de lo cotidiano, sin el cambio, no hay creatividad posible; no hay ese "algo nuevo" que tanto gusta al final, que tanto se reconoce como artístico y prestigioso, sin haber pasado antes por lo más aberrante, el cambio, y es que la metamorfosis en mariposa siempre deja un sabor amargo al principio, porque no tiene forma, no tiene nombre. Con el tiempo, el cambio, adopta forma, adopta un nombre. En el caso de Dalí, autoproclamado El Divino, al principio no se le entendió, se le criticó por extravagante, soberbio y lunático, sin embargo hoy se le define como Dalí: "Genial artista catalán, uno de los máximos exponentes del surrealismo que desarrolló en multitud de facetas: pintura, grabado, orfebrería y decoración". (www.monografías.com)
Y ahora, dejando atrás a los grandes artistas, pensemos en nosotros ¿Somos críticos con nuestro entorno y con nosotros mismos?, ¿somos creativos, queremos algo nuevo? Como los artistas todos podemos ser críticos y superarnos, todos podemos romper las reglas y ser creativos, puesto que exprimirnos en nuestro propio juicio, exprimir las razones, las causas, los porqués de los demás, nos hace libres de nosotros mismos y de lo que nos rodea.
Tener pues, una mentalidad crítica y creativa por naturaleza pero negarse a darle vía libre conduce a uno de dos caminos; uno, el sentimiento de frustración y las lamentaciones retrospectivas, habituales en tantos seres humanos que creen tener o haber tenido talento, y haber renunciado a él rindiéndose, irremediablemente obligados o no, a las presiones más prosaicas de la vida. Casos humanos de esta especie abundan tanto que se puede decir que componen una de las características psicológicas del siglo XXI, su pathos más difuso: la dolorosa conciencia de la propia mediocridad, un espejismo totalmente salvable si se tiene en cuenta que hasta los mayores artistas como Dalí fueron criticados, condenados y posteriormente perdonados, pues demostraron su disconformidad natural.

