Llego el día en que ella se sentía más fuerte, y que podía levantarse y respirar sin que las horas se le agolparan encima, ni los agolpados pensamientos de su mente podían rechazar esta oportunidad. Decidió ponerse sus vaqueros y salir a ver si sería un bonito encuentro, el encuentro que ella había imaginado o idealizado, tal vez. Se subió los hombros, se alejó del espejo del ascensor con una sonrisa, y decidió caminar alta y derecha, como si hubiese ganado un partido de tenis al rival más duro. Si ella caminaba lenta, el tiempo iba lento, se consumía poco a poco. Entonces su mejor cara relucía con los últimos rayos de la tarde. La tarde prometida a entregar lo mejor de sí misma. Entonces, cruzaba los semáforos y se sentía libre, miraba los coches aparcados esperando el verde, y les miraba fijamente, sin miedo. Veía las caras de sus ocupantes y les diseñaba una sonrisa dulce pero ingenua. Se contoneaba con los escaparates, mientras participaba en su propia locura. Nunca había caminado así por la calle, y soñando despierta, huidiza, tan, tan bella. Escuchaba la música, recorría todos sus sentidos, y poco a poco sintió qua aquello era el principio de algo, algo bueno. Aquella sensación, la de ver en tu futuro todas las posibilidades escritas para ti, en una misma carta, tu destino mirándote, frente a frente. Una bolsa llena de sorpresas se congestionó y resulto ser la bolsa más llena del universo en esos momentos. los problemas se apartaban de su camino y de sus pies se desparramaban ilusiones por vivir, nuevas aventuras y nuevos retos. Este sentimiento, reconoció ella, es el de la felicidad. En un tumultoso Madrid, la esa sensación de vivir más intensamente que nunca, de ser completamente dueña y señora de su vida.
- Conclusión, dijo en alto
- Esto es la felicidad. Es la felicidad más sensata que he tenido en toda mi vida.
